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Me dirijo a la supuesta frontera con Mali por una carretera poco transitada, es más corto. El río Senegal hace de frontera y me imagino un puesto fronterizo en toda regla con sus garitas, barreras y controles. He preguntado por el puesto de Khabou y la gente parece conocerlo… y de repente, no hay carretera, ni camino, ni puesto, ni nada.

Me como 120 kms de sendas, arena, barro, preguntando a los pastores del camino y mirando el GPS para al menos ir dirección al río. Cada esquina esconde una sorpresa y hay veces que me quedo parado mirando a mi alrededor, buscando la cámara oculta, pensando que si una broma o si realmente tengo que pasar por el obstáculo de turno. Llego al río por una senda de un metro de ancho y no hay nadie salvo pequeñas canoas lejos en la otra orilla. No se me ocurre nada más que ponerme a pitar con la moto a ver si alguien llama un ferry o algo.

Al cabo de un rato llegan dos chavales con una canoa de 5 putos metros y me dicen que me pasan la moto. Les pregunto que si han montado alguna parecida y dicen que no. No me lo puedo creer. Pero si ni siquiera podemos acceder al agua del cieno que hay! Los tres nos empezamos a reir, como quitándole hierro al asunto porque, sino, qué narices iba a hacer? Decido que parece que estoy loco de verdad para hacer ésto, como he oído tantas veces, así que hay que intentarlo y agarramos malamente la moto a la barca con pulpos. Al soltar la barca desde la orilla solo quiero llorar pero mis amigos malienses no paran de reír y me contagian la risa.

De verdad, mi corazón no está para más sustos ni días como éste o el del tren. Prometo no abandonar las carreteras principales de aquí en adelante, si es que eso es posible en África.

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