Capítulo 7

viaAnoche preparé todo lo posible para intentar la aventura de la vía del tren hacia Atar. Digo todo lo posible porque en Africa es difícil preparar nada. Busco la gasolinera más afuera de la ciudad (recordemos que tengo que hacer 650 kms sin repostar) y a la mañana ya no tienen gasolina. Cargo la moto con 5 litros de agua y 25 de gasolina extra en garrafas. Llevo tanto peso que no quiero ver bancos de arena ni en pintura. Me lo voy a tomar con calma y planeo hasta tres días para este tramo y compro comida para acampar.

Llego hasta la pista junto a las vías del tren y es prácticamente intransitable, toda llena de arena blanda y me caigo tras solo 100 metros. Vuelta a desmontar toda la moto para poder levantarla con los nervios de ver caer la preciada gasolina que voy a necesitar. Empiezo a tirar por encima de las vías del tren que están limpias de arena pero no puedo pasar de 30 por hora por temor a pinchar con las piedras. Así que más adelante, cuando veo que la pista es lisa, me paso a ella pero siempre acaba entre pequeñas dunas y yo en el suelo.

Empiezo a ponerme nervioso y a estar muuuy cansado; hay algo que parece neblina (en realidad es arena en suspensión) pero el sol pega con mucha fuerza y supongo que no tardaría mucho en deshidratarme. Los 5 litros de agua no dan para muchas alegrías. Llevo casi tres horas para 30 kms sin ver ni un alma y de repente un ruido desde la parte trasera de la moto me sobresalta y me hace ver el gran peligro en el que me estoy metiendo. Me bajo de la moto más de diez veces y no consigo localizar el ruido temiéndome lo peor, algo de la cadena. Cada vez me deja avanzar menos, salta al andar tan solo 10 metros y ya estoy temblando. Por fin lo localizo y es una tontería: tanto peso en la moto hace que el final del guardabarros trasero toque con la rueda y nada más; por mucho que miraba no localizaba el punto del golpeteo; pero ya he decidido que no soy tan valiente. Vicente me dio un buen consejo al partir: soldado huido es bueno para otra guerra. Lo sigo y abandono. Me doy media vuelta pero aún me queda el último susto: el puto tren.

Las guías hablan del tren más sucio, largo y polvoriento del mundo, un honor que me ha tocado. Me lo encuentro de frente y estoy reventado levantando la moto justo al lado de las vías. Se me ha caido al apoyarla lo más lejos posible de ellas y ya en la arena. El maquinista me pita y me hace señales de que me aparte más. Ni puedo moverme y parezco estar a salvo. La foto habría sido chula con la inmensa nube de arena que preparaba el bicharraco, pero me estaba cagando encima y habría salido movida. El alivio que sentí al tocar el asfalto es indescriptible y tiro para la capital Nouakchott para olvidarme de locuras del desierto. Aún me espera una graciosa tormenta de arena que me acompaña durante casi la totalidad de los 400 kms restantes. A veces ni se ve la carretera, una maravilla, vamos.

yomismo

 

Llego muerto pero sano y salvo al mismo alojamiento de la playa donde estuve hace años. Este ha sido uno de esos días en que la naturaleza nos demuestra lo pequeñitos que somos y lo mal que se pueden poner las cosas si ella quiere y la suerte no está de nuestro lado.

comida